Perú: Nuestro Primer Salto al Mundo como Power Couple

DÍA 01: Latidos Peruanos

Toda aventura empieza con un sueño que tarde o temprano necesita aterrizarse… Así que mi Changuita (mi novia) y yo decidimos dar el salto: compramos dos vuelos a Perú sin un plan definido. Solo investigamos la mejor temporada para visitar el país y le perdimos el amor a la tarjeta de crédito. Una vez hecho el gasto, ya no había vuelta atrás: tocaba armar el mejor viaje al Perú que se puedan imaginar. Pero de eso les contaré después. Antes, empecemos por el Día 01, nuestra llegada a la capital del ceviche.

Nuestro vuelo salía de la Ciudad de México y como buenos mochileros en modo ahorro, elegimos el horario más temprano posible: 8:15 a.m., sin maletas documentadas y con solo 10 kg para sobrevivir 16 hermosos días. Pero había un pequeño detalle… teníamos que llegar tres horas antes y mis futuros suegros (los héroes de esta historia) serían quienes nos llevarían desde su casa en Pachuca, así que tocó despertarnos a las 3:30 a.m. para enfrentar con dignidad y sin infartos el reto diario que es entrar a la CDMX.

(Llegamos al aeropuerto a tiempo, para sorpresa de nosotros mismos y decepción de nuestra reputación mexicana.)

Y ahora, el momento crítico: pasar los controles de tamaño y peso de las mochilas. Sabíamos perfectamente que estábamos al límite, por no decir un poquito pasados. Y como mi Changuita es más pequeña, con su mochilota parecía una hermosa tortuguita jiji. Para disimular tantito, le pedí que se pusiera detrás de mí, como si así activáramos una capa de invisibilidad. Pasamos por los mostradores con nuestra mejor sonrisa y milagrosamente, nadie midió nada, nadie cuestionó nada. Solo cruzamos miradas con los encargados, soltamos una charla coqueta y seguimos caminando como si hubiéramos logrado un triunfo histórico. Y ahora sí, como diría mi abuelita: “chispas quemenme”.

(Fingiendo calma; la maleta no coopera, 26/08/2025)

Para sorpresa de nadie, en esta aventura trajimos a un tercer miembro con nosotros: la Cebrita, un peluche de unos 30 cm que ha decidido que cada viaje es contenido para sus redes sociales. Ya subidos al avión, y con la Cebrita habiéndose tomado sus mejores pics dignas de influencer, pusimos la película de “Paddington en Perú” para meternos en mood inca obvio. Yo, claramente no siendo el público meta, me dormí al minuto diez y no desperté hasta que llegó la comida (mi despertador jajaj).

(Cebrita, mi bby y yo viendo Paddington en el avión, 26/08/2025)

Al aterrizar y pasar migración (donde a mi Changuita como que le vieron cara de peruana y la cuestionaron por más tiempo jeje), Perú nos recibió con un frío abrazo. Literal salimos del aeropuerto directo a un congelador. Y justo ahí nos topamos con nuestra primera red flag: un señor que se vendía como “taxista independiente”, pero que más bien traía toda la actitud de querer aprovecharse de nuestra guapura jajaj.

Recomendación seria: vayan con taxistas certificados, Uber, o investiguen antes. Nosotros, como changuitos previsores (ya habiendo hecho nuestra investigación), descubrimos unos camiones públicos de lujo que te llevan por una cuarta parte del precio de un taxi. Como nuestro destino era Miraflores (la parte nice de Lima), tomamos un camión azul de la empresa Bus Express (salen cada 40 minutos y están super comodos: maletero para equipaje, internet, puertos USB… una verdadera chulada andante que en menos de 30 minutos nos dejó a dos cuadras de nuestro Airbnb.

(Con mi Changuita en el Bus Express, 26/08/2025)

Ya dejando nuestras maletas, decidimos ir a brindar por una vida llena de viajes. Así que nos dimos el lujo de ir al “Sayani Bar Lima”, un restaurante recomendadísimo gente. Para nuestra suerte, no había casi personas, así que todo se volvió más íntimo: el lugar oscuro, muebles acogedores y una iluminación bajita y cálida… perfecto para arrancar el viaje con vibra romántica.

Nos atendieron incluso dos meseros, súper atentos, que nos dieron una explicación increíble del origen de cada platillo. Y, en caso de que vayan, sí o sí tienen que probar las “Papas Nativas con Salsa de Ocopa y Ají”: buenísimas (como mi mujer jajaj). El lugar apenas tenía un año de haber abierto, pero ya se sentía como uno de esos spots que valen cada segundo.

Y así, entre buena comida, risas bajitas y miradas traviesas, cerramos nuestro primer día en Perú. Un inicio perfecto; de esos que te confirman que elegiste bien a tu compañera de aventuras… ooou yeaaaah.

(Con Mathias y Emma en Sayani, 26/08/2025)

DÍA 02: Colados rumbo a Huacachina

Para que un viaje realmente valga la pena, hay que diseñarlo con un poco de rebeldía. No irse siempre por lo obvio, no conformarse con rutas prefabricadas ni con itinerarios demasiado cerrados. Hay que atreverse a proponer alternativas, a desviarse del camino y a dejar espacio para que la aventura haga de las suyas.

Con esa idea en mente, decidimos no volar directo a Cuzco (la ciudad donde se concentra gran parte del turismo en Perú), sino llegar hasta allá por tierra, en camiones, haciendo escalas en lugares que rara vez aparecen en los folletos. El plan sonaba caótico… y justo por eso nos encantó.

La primera parada sería Huacachina, el único oasis natural de Sudamérica. El pequeño detalle: no existen camiones públicos que te lleven directo. Lo habitual es ir y volver el mismo día desde Lima en un tour express, de esos donde un camión lleno de viajeros visita varios puntos y regresa por la noche a la ciudad.

Pero nuestro espíritu creativo y aventurero no estaba hecho para regresos anticipados. Así que, antes de viajar, nos pusimos en contacto con el guía del tour y le propusimos algo poco convencional: sumarnos al grupo como cualquier otro viajero, pero que en la última parada (Huacachina) nos dejara ahí y continuara su camino de regreso a Lima con el resto del grupo.

Para el guía fue sencillo, para nosotros fue perfecto. La escena fue bastante divertida: mientras la mayoría de los extranjeros viajaban con mochilas ligeras y planes de un solo día, nosotros aparecimos con unas maletotas monumentales, mexicanos haciéndose notar chibuabuas.

La decisión fue acertada. Nos salió incluso más barato y, además, el tour incluía varios lugares que de cualquier forma pensábamos visitar. La primera parada fueron las Islas Paracas, donde fuimos a conocer a los amigos de Cebrita: los pingüinos de Humboldt, la única especie de pingüino que habita en Perú, acompañados por lobos marinos y aves guaneras.

El recorrido se hizo en lancha y duró cerca de dos horas: un trayecto hermoso entre formaciones rocosas esculpidas por el mar, acantilados que caen directo al Pacífico y extensiones de arena fina y clara, típica del desierto costero, modelada constantemente por el viento. Desde el agua también se alcanza a ver el famoso Candelabro de Paracas, un geoglifo gigante trazado sobre la arena cuya forma sigue siendo un misterio y que, a pesar del paso del tiempo y del viento, permanece intacto mirando al mar.

De igual forma, algo increíble que aprendimos ahí fue cómo las personas que cuidan la isla resuelven su día a día. Al no contar con electricidad y siendo complicado llevar provisiones constantemente, aprovechan el frío del océano: empacan sus alimentos en bolsas herméticas gigantes y las sumergen en el agua para mantenerlos frescos. Simple, ingenioso y completamente en sintonía con el entorno.

Terminando el recorrido en lancha, el guía fue claro: teníamos cinco minutos para ir al baño y salir de inmediato. Sin embargo, nosotros más enfocados en la foto para el recuerdo y confiando en nuestra buena retención de líquidos, decidimos irnos a los puestos aledaños para alargar un poco el momento y quedarnos contemplando los veleros y barcos que descansaban sobre el mar. Al poco tiempo, mientras yo capturaba la belleza de mi peque en fotografía, un par de personajes peruanos comenzaron a atraer la atención de un pelícano que andaba libre por la zona, lanzándole comida hasta que con toda naturalidad se nos acomodó a un lado. Evidentemente, la idea de estos señores era que nuestro amigo emplumado saliera en las tomas para ganarse algunos soles. Un soborno peruano perfectamente ejecutado: ellos alimentaban al ave, el pelícano posaba como modelo profesional y nosotros teníamos la foto soñada. El único detalle fue que yo solo traía billetes de denominación alta, así que juntar una propina bien merecida se volvió todo un tema… tanto, que casi nos deja el camión. Una disculpa a nuestro guía Anthony, donde quiera que esté.

Dato extra: como no traíamos soles, el “pago” por la foto del pelícano lo hicimos en versión mexicana: les dimos $50 pesos jajaj. Casi nos corretean los retoños de su guayaba, pero en nuestra defensa nosotros no habíamos solicitado tal apoyo cinematográfico… aunque se agradece jiji.

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