Roadtrip a la capital del mundo: Nayarit

Receta de mi doc:

Dosis: Administrar un tanque lleno de gasolina al Franky (nuestra camioneta) y 500mg de brisa marina vía cutánea.

Instrucciones: Cerrar la laptop de forma inmediata ante los primeros síntomas de estrés y trasladar el cuerpo a la costa más cercana para absorber "Vitamina Sea" de manera natural jajaj. Se recomienda marinarse al sol con su chiquibby hasta que el color oficina desaparezca por completo.

Contraindicaciones: Abrir el correo electrónico o contestar llamadas de "trabajo" anula el efecto del tratamiento.

Y como aquí no somos desobedientes, seguimos al pie de la letra las indicaciones de nuestro “Doc Chester” (nuestro perro botijas). Así que, recién arrancado este 2024, empacamos todo y ¡vámonos chiquitita! Obviamente no podíamos salir con el estómago vacío: nos armamos unas gorditas del tianguis y un licuado de plátano que ya traía su buena mezcla de semillas, todo esto disfrutado en las mesitas de la casa club para salir bien servidos y con pila de sobra chibuabuas.

Así recorrimos los primeros cien kilómetros hacia “la capital del mundo”, como diría nuestro buen amigo Carpena: Nayarit. Nuestra primera escala fue en la Marina, armando un picnic junto a esas matatenas gigantes de concreto que sirven de rompeolas. A lo lejos vimos pasar un barco enorme echando fiesta, lo que hizo que mi peque decretara que así de intenso sería el bautizo perfecto para nuestras crías en un futuro (jajaja y eso que al principio no quería tener hijos). Desayunamos tortas, nos dimos unos besukis, estrenamos el tripié para las fotos (ya cada vez venimos más equipados people) y luego vino el reto de ir al baño hasta el otro extremo del sitio. Le cedí mis chanclas a mi changuita para que fuera más cómoda, pero como a mí su calzado nomás no me entra, me tocó caminar descalzo. Y miren que tengo experiencia andando así por el mundo, pero el sol esta vez sí me traía bailando, así que nos tocó acelerar el paso jeje.

Para cerrar con broche de oro esa escala, fuimos a remojar los pies (foto no mostrada para evitar el acoso cibernético, jajaja) en la Cruz de Huanacaxtle. Esta playa es una joyita: arena dorada, agua cristalina y, lo mejor de todo, sin esas multitudes que te quitan la paz.

Ahí nos pusimos a hacer “patitos” con las piedras, una disciplina en la que mi mujer poco a poco va mejorando, caminamos un rato para absorber nuestra dosis de vitamina D y luego pasamos al embarcadero a tomarles unas pics a los barcos. La verdad están muy coquetos; yo creo que sí nos compramos uno como proyecto de retiro jiji.

Aquí los tiempos estaban medidos de forma milimétrica, pues nuestra siguiente parada tenía un enfoque mucho más romántico: íbamos a ver el atardecer a Playa La Lancha. Este lugar es un paraíso casi virgen de arena blanca y aguas turquesa, reconocido como uno de los mejores spots de la Riviera Nayarit para el surf; sin embargo, nosotros solo fuimos a existir como dos iguanas enamoradas jajaj.

Para llegar aquí tienes que dejar el vehículo sobre la carretera y caminar unos siete minutos entre la selva. El sendero es hermoso, pero la vista al cruzar los últimos matorrales para encontrarte de frente con el mar es simplemente increíble. Ojalá nunca intervengan este sitio; la felicidad se puede palpar entre la energía de la naturaleza y la buena vibra de los locales.

Esa noche dormimos en Corral del Risco, un pueblito a ocho minutos de Punta de Mita. Nuestro “nidito” se resumió a una casa de campaña con colchones inflables; toda una obra de ingeniería este Airbnb eeh. Eso sí, el camino marcado hacia las tiendas estaba iluminado y tenía una esencia mágica que te acogía desde que llegabas.

Para hacer el pago fue todo un relajo, la terminal se quedaba sin señal en cada intento hasta que por fin tuvimos éxito. Mi changuita ya estaba sacando todas sus tarjetas para salvarnos (mi bby siempre nos cuida). Después nos fuimos a pueblear, aunque yo honestamente ya no podía con mi vida; estaba bien “guango”, como dirían en las tierras de mi mujer jiji.

Algo que nunca va a olvidar mi bby es que, en medio de una plática extensa formulando ideas de emprendimiento, solté que “hay que hacer disfraces para árboles”. En mi defensa, ya ni siquiera formulaba bien las oraciones, parecía un borrachito feliz. Pero bueno, después de muchas burlas hacia mi persona (con amor jiji), terminamos cenando unas crepas y unos chocomiles; comemos como niños chiquitos jajaja.

Al día siguiente le llevé un dulcecito matutino a mi mujer a la cama; para ser precisos, un Istete. Andaba sumamente hambrienta, pero logramos saciar ese antojo y se lo acabó todito.

Dato cultural: El Istete es un dulce nayarita hecho a base de miel de abeja y frutos secos, con una textura firme que se derrite al calor de mi mujer jajaja.

Ya con energía y un poco agobiados por el sol, aprovechamos que el lugar tenía acceso directo a la playa, así que nos pusimos los trajes y fuimos a inspeccionar la zona. Ya regresando, ahora sí, pasamos al desayuno de campeones. Mi peque recordó que al entrar al pueblo vio un restaurante sumamente aesthetic al que prometimos ir si abría al día siguiente y, para desgracia de nuestros ahorros, así fue. Como cortesía nos dieron unos panecitos con canela y plátano, y ya para romper el ayuno formalmente, pedimos unos chilaquilitos y unas malteadas deliciosas.

Bien servidos, despegamos hacia Sayulita, donde la juventud vive y las calles huelen a “climas europeos” jajaja. Al llegar, nos metimos en un estacionamiento donde apenas cabíamos; tuvieron que reacomodar medio lugar para hacernos un pequeño espacio. Ya instalados, tocaba bajar todo el equipo para irnos a la arena, y ahí fue donde entró nuestra salvación: por suerte traíamos nuestra caja de Costco para mover todos los tiliches. Bajamos hasta la casa de campaña porque, como buenos trepas, sabíamos que sería clave para acurrucarnos frente al mar.

Buscando un spot fuera del caos, caminamos hasta donde terminaba la bahía. Estuvo perfecto: estábamos recargados literalmente en las rocas y los únicos que pasaban eran locales; por fin absueltos del turismo agobiante. Pero como ya estábamos “cansados de descansar”, decidimos explorar qué había detrás del cerro. Investigamos que había un hike de tres kilómetros que te lleva a una playa virgen llamada Malpaso.

Y wow gente. Subimos y bajamos el cerro para encontrarnos con un pasadizo secreto de piedra por el que tienes que correr cuando la marea baja, porque si no, las olas te atrapan. Mi changuita pasó con facilidad, pero a mí me tocó cruzar de cuclillas. La playa es hermosa; hay tanta soledad que da miedo y paz al mismo tiempo. Ahí jugamos, dibujé con un tronco gigante en la arena que amo a mi guapa y nos enterramos los pies como sirenas (donde me pusieron un montón de arena en “ya saben donde” para simular cosas traviesas). Arrullados por el silencio, esperamos la golden hour y regresamos antes de que se fuera la luz, con la fe puesta en que nuestras cosas siguieran intactas en la casa de campaña… pero bueno, estamos en México, ¿de qué habría que preocuparse? jajaja.

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