Ser trepacerros es conocer tus límites, solo para tener el placer de romperlos. Este 28 de mayo de 2023 nos pusimos a prueba con el “final boss” de los cañones: el poderosísimo Matacanes. Para los que no lo conocen, es una joya en la Sierra de Santiago donde la adrenalina no te pregunta si estás listo; simplemente te avienta a pozas turquesas de 12 metros, te obliga a rapelear cascadas y te mete en cuevas y ríos subterráneos que parecen de película.
A esta misión solo asistía la “Trepa-Élite” jajaj. Pues necesitabas tener el curso de rappel, las clases teóricas de saltos y seguridad, y ser un trepa de hueso colorado. Yo cumplía con todo, pero no les miento: las patrullas me temblaban horrible. Mi nivel de nervios fue tal que, un día antes, le hablé a mis papás para agradecerles por la vida que me dieron. Un poco dramático lo sé, pero más valía prevenir jiji.
De igual forma, para entrar en el papel de aventurero pro, me escapé a mi “templo” (Decathlon) por un neopreno de 3mm y una funda acuática. Es cierto que nos dijeron: “No recomendamos llevar celulares”, pero adivinen quién fue el único necio que hoy tiene las fotos de la gloria. Exactoou, este nene.
La noche previa, aunque ya tenía todo listo para dormir desde las 9 pm, los nervios me estaban volviendo loco y apenas pude dormir 3 horas. Pero no importaba, me sentía más vivo que nunca; esta gente te hace sentir así, ¡y cómo no, con experiencias tan cercanas a la muerte! jajaj, bromi. La verdad es que me sentía seguro porque íbamos con trepas sumamente preparados.
Meli Lamb, nuestra trepamiga, fue quien dirigió la excursión y es una fuera de serie: mientras todos los carros salían del Trepa-Oxxo a las siete de la mañana, ella ya estaba allá. Todo el recorrido de terracería que los 4×4 hacen por brecha, ella se lo aventó corriendo; realizó esos 15 km antes de nuestra llegada. Nosotros, al ser un grupo de 19, nos fuimos en un trepa-camión desde la Cola de Caballo hasta Potrero Redondo, en un viaje de hora y media metidos en plena sierra.
Ya en el poblado, caminamos un poco entre el suelo húmedo por la lluvia del día anterior, pero con el clima ideal para el descenso. Me tomé una foto rápida con Val para hacer un comparativo entre el “antes y el después” y ¡fuímonos! Nos lanzamos a la ruta que arrancó con un salto de 3 metros. Ese brinco tuvo la gracia de calentarnos los motores, de cambiarme el chip: el miedo se fue por completo y la piel se me puso chinita; se sentía una energía impresionante que nos brotó a todos.

Después vino el rappel de 27 metros. Mientras Meli, Sofi y George instalaban la primera bajante, yo me acerqué ansioso para no perder el vuelo y me tocó bajar en segunda posición. Como estábamos cerca de la cascada, la piedra estaba resbalosa y llena de musgo, pero lo más delicioso de esa bajada fue el cierre: terminar el descenso y tener que desarmar el mosquetón flotando en el agua. Qué bueno que sí pusimos atención en clase jeje.
La ruta es increíble; son entre ocho y diez horas de pura adrenalina que se disfrutan muchísimo. Es impresionante cómo la mente se va adaptando: cada salto era una oportunidad para pulir la técnica, el miedo se disfrazaba de valor y las porras de todos nos terminaban de dar el empujón que necesitábamos. El salto más alto no era obligatorio, pero ya estando ahí sentía que tenía que hacerlo; confiaba plenamente en mis trepas.
Recuerdo que estaba con mi amigo Isaías y le apliqué la clásica: “si tú te avientas, yo me aviento” (por suerte él iba primero en la fila jajaj). Me dijo que ese salto iba por sus Chivas, pues ese día jugaban la final (tristemente el salto no sirvió de mucho porque perdieron jeje), pero se lanzó y a los pocos minutos me tocó a mí.
Grité ¡EOOO! y escuchar a todos repitiendo mi grito a una sola voz me dio el valor de saltar. Brinqué. No fue el clavado más estético porque no mantuve la vertical tan recta, pero sobreviví. En cuanto salí del agua les dije muerto de risa: “¡Están loquísimos, casi me desheredo!”. Todos se rieron y me senté a ver el show mientras les echaba porras a los que faltaban. Momentos así te confirman que esto no es solo un grupo, es una familia.


Y esta familia siempre se apoya. Los trepas que conocían bien la ruta se esparcieron a lo largo del grupo, indicándonos la mejor forma de enfrentar cada desafío; lo importante era tener valentía sin caer en el exceso de confianza. Cabe decir que todo el recorrido es hacia abajo, así que una vez que inicias, no hay marcha atrás. Y como es un camino pausado, teníamos tiempo de ir echando el chismesito y comer sobre la marcha, aunque la verdad casi no teníamos hambre; la pancita estaba más ocupada procesando los nervios de lo que venía. Aun así, era importante comer para mantener la energía constante.

Para hacer los saltos era imprescindible lanzarnos sin mochila, así que las aventábamos primero y nosotros brincábamos después de ellas; la verdad, me sentía bien profesional haciendo eso. Sin embargo, en una de esas, uno de los toppers herméticos que traía se dañó de una pestaña por el golpe y mi sándwich pasó a ser oficialmente comida del río. Lo triste fue que me di cuenta hasta que vi los trozos de pan saliendo de mi mochila jajaj. Ahí fue donde comprobé la efectividad de mi mochila de cañonismo: esos hoyos están hechos para filtrar el agua y evitar que la carga se vuelva pesadísima, pero en mi caso, también sirvieron para dejar ir mi comida por todo el cañón.


