Dicen que no conoces bien a tu pareja hasta que viajas con ella, por lo que nosotros sin darle tantas vueltas al asunto, nos lanzamos a un roadtrip potosino apenas al día siguiente de ser novios; pues queríamos saberlo TODO del otro.
El único detalle es que estábamos en pleno semestre académico, pero obviamente el Tec le hacía los mandados a estos Changuitos Viajeros. Lo teníamos todo previsto: las cosas de camping, las trepamochilas, cámara en mano, tanque lleno (que al final terminamos llenando como diez veces jajaj), una excelente playlist (misma que fuimos armando para dicha aventura) y un hermoso mapa que nuestro buen amigo trepaDavid diseñó en su momento.
Aquí se los adjunto: nueve hermosos días que me confirmaron ser el primer capítulo del sueño de pasar toda una vida a su lado; y sí, soy un romántico jajajj.

Apenas arrancamos, establecimos dos reglas de oro. La primera: ser siempre transparentes, honestos con nuestras vidas y solidarios con nuestro amor. La segunda: que cualquier idea para alcanzar nuestros sueños se anotaría en un post-it para ir tapizando las ventanas del Pegazus (nuestro fiel carrito, jeje).
Con todo empacado y en punto de las 9:00 am, salimos de tierras Regias. Pero como buenos trepas, hicimos la parada técnica obligada: los clásicos Antojitos Mexicanos en Arizpe (ahí saliendo rumbo a Saltillo). Era el combustible necesario para aguantar las primeras ocho horas de carretera, porque bien sabemos que panza llena es igual a corazón contento.

Ya a la altura de Matehuala, no inventen fans, la autopista estaba completamente parada, a vuelta de rueda. Fue ahí cuando tuvimos que tomar medidas extremas: rebasar con muy poca dignidad por la terracería que nos iba acompañando en paralelo (una decisión que, honestamente, le adjudico a las enseñanzas de mi Mayre jajaj).
Fue un empolvadero increíble; el Pegazus realmente se solidarizó con nuestras tácticas hikers y terminó igual de cochino que nosotros después de una buena cumbre. Pero eso sí: nos ahorramos fácil cuatro horas de tráfico y dejamos atrás a más de 500 carros. Lo complicado de esta misión fue que la tierra levantada por nuestro grupo de “carros rebeldes” (pues no éramos los únicos) no te dejaba ver ni a un metro al frente; íbamos con los ojos bien pelones.

Y así, conquistamos nuestro primer punto en el mapa: Media Luna en Río Verde, un manantial de agua dulce que oscila una temperatura de 28°C. El sitio ante nuestra llegada fue sumamente cómodo; cuenta con su estacionamiento seguro y bastante área limpia para la instalación de nuestro camp.
Nosotros optamos por posicionarnos cerca del río, pues habían unos patos que estoy seguro nos guiñaron el ojo; me sentí como los Aztecas cuando vieron a esa águila tomando su merienda jajajaj. Evidentemente mantuvimos cierta distancia para prevenir un ataque de mosquitos (aunque cabe decir que conforme avanza nuestra relación, he podido apreciar que mi mujer es un imán de estos insectos; el lado bueno: los combate por mí jiji).
Posteriormente tocó hacer la cenita, y aquí fue donde mi Changuita destacó, ya que yo hice el ridículo al intentar encender nuestro fogón con las ramas menos propias para ello. Y pues nada, mi peque empezó a hacer yo creo que un tipo de brujería con el fuego, pues le echó de todo: hojas secas, aceite, carbón, ramas de dudosa procedencia y mucha fe… y wuala, el fuego fue iniciado para preparar así unas quesadillas con chocomilk.



